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viernes, 19 de marzo de 2010

Un Profeta


La media hora inicial de Un Profeta es memorable. Con una capacidad de síntesis envidiable, el director Jacques Audiard nos introduce en un mundo claustrofóbico, agresivo y despiadado de la mano su protagonista. Así comienza su educación criminal en chirona (y fuera) que continuará durante dos horas más (6 años para el “profeta”) en las que hay poco lugar para el humor o para tomar aire.

Este año hemos visto otra película carcelaria premiada. Celda 211 nos proponía un motín y unos personajes supuestamente impactantes. Las comparaciones son odiosas, pero tras ver la salvaje historia de Audiard, Luis Tosar y compañía nos parecen Blancanieves y los siete enanitos.
Tal vez porque su dominio de los tiempos es mayor o, sobre todo, por la magistral manera de filmar del director francés y de cómo transmite con aparente economía de recursos la procesión interior de sus criaturas, el aprendiz y el siniestro profesor, y por lograr algo que consiguen sólo los grandes: la plena identificación del espectador con lo que ve en pantalla, en este caso que se sufra con el padecimiento inicial del joven supuestamente inocente y que se goce con su posterior ascensión en el sistema de clases dentro de la prisión.

Con escenas que se quedan en la retina durante mucho tiempo (el primer asesinato, el intenso primer permiso, el atropello del ciervo, la humillación del líder corso, la muy inquietante última escena), la conclusión final sobre la escasa validez de un sistema penitenciario que actúa más como una universidad criminal poblada de corrupción que como un mecanismo de redención, nos hace retorcernos en la butaca y nos plantea interrogantes que se nos hurtan todos los días desde los desinformativos de la telebasura.

jueves, 28 de enero de 2010

Teniente Corrupto





Hace 18 años, Abel Ferrara nos dejó congelados con aquella película que comenzaba con Harvey Keitel dejando a sus niñas en el colegio para luego meterse varias rayas en el coche y terminar acudiendo a la misa matinal. El cuerpo de policía neoyorkino se nos presentaba de una forma salvajemente inquietante.

Ahora, Werner Herzog retoma el título y algo del personaje para llevarnos al Nueva Orleans post-Katrina de la mano de un Nicholas Cage tan sobreactuado como acostumbra y con un implante capilar que parece robado a alguno de los muñecos de José Luis Moreno.

Las diferencias entre Herzog y Ferrara son evidentes, no sólo a nivel físico (ver fotos), sino también y más importantes, por experiencias vitales dispares. Mientras el primero ha disfrutado enfrentándose a la selva, a la naturaleza en estado puro y a los animales salvajes (Klaus Kinski); Ferrara se ha pegado unos pasotes químicos que se reflejan en su cara y que ha sabido plasmar con exactitud en su cine.

El director alemán, ahora, nos lleva de safari por el lado oscuro pero siendo relativamente indulgente con su personaje que, al fin y al cabo, es víctima de una buena acción que le convierte en adicto a todo tipo de drogas. Mantiene el pulso en un relato incómodo que de nuevo nos muestra lo que casi todos sospechamos: La mayoría de las veces es mejor protegerse de los que supuestamente nos protegen, digan lo que digan en el programa de Ana Rosa Quintana.

Con opciones visuales arriesgadas (las iguanas de las que tanto se ha hablado) y originalidad marca de la casa, este Teniente Corrupto merece la pena en una cansina cartelera en la que destaca pese a todos sus errores e irregularidades, que se agolpan en la media hora final.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Malditos Bastardos


A quién tenga dudas sobre si acercarse al cine a ver Malditos Bastardos tal vez le sean de utilidad las siguientes advertencias:

1. Ni Brad Pitt ni su grupo de salvajes cazadores de nazis son los protagonistas como sugiere el título y la promoción de la película. Como en toda la obra del director, estamos ante un filme coral en el que la venganza juega un papel fundamental, y en el que Aldo Raine (Pitt) es un peón (secundario) más.
2. Espíritus sensibles y fácilmente impresionables, abstenerse. La violencia marca Tarantino brilla como siempre o tal vez como nunca, surgiendo desbocada en lo que en un principio podría parecer una narración más clásica y menos violenta. La sangre y los sesos, en primer plano.
3. Quién busque una película de acción, que vaya a otra sala del centro comercial. Quién busque un análisis histórico, que se compre un libro. Aquí se compone un inteligentísimo ejercicio de reinvención de la historia y la acción está más en los excepcionales y largos diálogos marca de su autor que en mamporros o persecuciones.
4. Amantes de las versiones originales, olvidaros de practicar vuestro upper intermediate level, el 90% de la película es en francés y en alemán.
5. Cinéfilos, cinéfagos y demás frikis, bienvenidos al festín de citas inagotables: De G.W. Pabst a Leni Riefenstahl, pasando por Enzo Castellari, King Kong, Sergio Leone, Karl May, Dario Argento o ese final que remite directamente al Ser o No Ser de Lubitsch. Más eclecticismo, imposible.

A pesar de que por todo lo anterior y por sus dos horas y media de duración se trata de una película anticomercial, Quentin Tarantino ha conseguido de nuevo llenar las salas (aunque muchos se pasen bostezando todo el tiempo), demostrando que es el director-estrella por excelencia y que sabe vender muy bien sus productos.

Malditos Bastardos no es la mejor película de Tarantino aunque está muy cerca de serlo. La tendencia a la dispersión (rompiendo de forma absurda, por ejemplo, el clímax final), y el abuso que de su propia genialidad hace el director hacen que se resienta el conjunto cuando paradójicamente cada capítulo es una pequeña obra maestra que se alarga demasiado como para conseguir un todo coherente. Pero deslumbra ese inicio propio de un spaghetti-western, absorbe la escena de la taberna y apasiona el desenlace en un cine parisino.

Y qué decir de las músicas que nos regala (esa canción de David Bowie mientras la vengadora ultima su plan vestida de rojo… uf) o del reparto en estado de gracia (desde Melanie Laurent como Shosanna -¿de dónde saca este hombre esos nombres tan… adecuados?– a un Chistoph Waltz que desde ya está en la galería de grandes villanos del cine). En definitiva, aunque Tarantino siempre lo podrá hacer mejor, este genio del cine actual está a años luz de la mayoría de lo que puede verse en la cartelera. Pero no os olvidéis de revisar los 5 puntos de arriba antes de decidir si ir a verla, importante si no queréis pasaros la película bostezando y molestando al de al lado que tal vez esté disfrutando con sus ingeniosos diálogos y su desarmante fuerza visual.

jueves, 27 de agosto de 2009

Enemigos Públicos



El director Michael Mann comenzó su carrera en televisión y todos los que ya debemos cuidarnos tomando Minute Maid Antiox recordamos su Corrupción en Miami, que marcó un estilo inconfundible, con el primer marido de Melanie Griffith (en esa época ella ya le daba a la botella) recorriendo Florida con trajes imposibles que le hacían sudar la gota gorda a 40 grados a la sombra.

A Mann siempre le ha preocupado mucho la estética en sus películas, y lo peor de su carrera está cuando esa obsesión hace que se olvide de contar algo interesante (por ejemplo cuando adaptó la serie que le hizo famoso al cine). Son errores aislados en una filmografía en la que encontramos desde la primera aparición del Doctor Lecter (Manhunter), una biografía-hagiografía interesante sobre Muhammad Ali, su ataque frontal a la industria del tabaco que le valió varias candidaturas al Oscar (El Dilema-The Insider) y, sobre todo, dos de las mejores películas de acción de los últimos años: Heat y Colateral.

Enemigos públicos aborda la historia de John Dillinger, toda una estrella mediática que ya en vida fue consciente de su leyenda. La historia del atracador de bancos había sido llevadas varias veces a la gran pantalla, pero nunca como ahora. Las dos horas y media de metraje son un inabarcable ejercicio de virtuosismo con la cámara. Las escenas de acción están coreografiadas y medidas hasta en el último detalle para atrapar al espectador y dejarlo noqueado. Mann rueda como muy pocos directores pueden, mezclando el gran espectáculo con el retrato excepcional de personajes.

Por encima de la Gran Depresión y sus paralelismos con el momento actual, al director le interesan más otros temas. De nuevo aquí hay un enfrentamiento entre dos hombres antagónicos o quizá no tanto, (como Pacino y De Niro en Heat o Cruise y Foxx en Colateral). Johnny Depp es un Dillinger algo barroco y quizá con la piel demasiado tersa, pero clava al delincuente mítico, vanidoso y con aureola heroica. Christian Bale está memorable como Purvis, el policía que acaba obsesionado con su presa y atormentado por su conciencia. En medio, una historia de amor que con dos pinceladas emociona y desgarra, en parte gracias al buen trabajo de Marion Cotillard.

Con un final excepcional (especialmente esas escenas en el cine donde se proyecta El enemigo público número 1), Mann cierra la que es desde ya una de sus obras mayores, llamada a estar entre las mejores de este año y de otros muchos años.