
Spike Jonze es el prototipo del director cool. Perteneciente a la alta intelectualidad neoyorkina, fue pareja nada menos que de Sophia Coppola (otra mega cool) y hace cuchipandi con otros supuestos genios como Michel Goldry o Charlie Kaufman. Todas sus películas (las suyas y las de la cuchipandi) han sido saludadas por los más “puestos” como grandes y rupturistas obras maestras aunque en general aburren al resto de la humanidad.
Es cierto que Cómo ser John Malkovich en su primera mitad sorprendía e incluso provocaba cierta fascinación. Pero luego llegó Adaptación (El ladrón de orquídeas) y los bostezos en la salas desencajaron mandíbulas.
Ahora apuesta por un cine teóricamente infantil pero sólo atrae a su parroquia intelectual (?) de siempre, que abarrota las mini salas de la Plaza de los Cubos. La adaptación del libro ilustrado de Maurice Sendak es una lisérgica locura, protagonizada por un niño desquiciado de esos que no quieres que te toque al lado en un avión y por unos monstruos que son unas versiones grotescas de Espinete y Don Pimpón.
Supuesto alegato de la rebeldía infantil (aunque su final parezca sugerir precisamente lo contrario) y parábola sobre las dificultades de ejercer el liderazgo, el resultado es una desconcertante sucesión de escenas que dejan estupefacto (ese paseo por el desierto en una isla tropical en el que aparece un perro gigante) que nos sugiere que o bien esta película ha sido parida en una noche de excesos drogadictos o que estamos ante la mayor tomadura de pelo del año.
Es cierto que Cómo ser John Malkovich en su primera mitad sorprendía e incluso provocaba cierta fascinación. Pero luego llegó Adaptación (El ladrón de orquídeas) y los bostezos en la salas desencajaron mandíbulas.
Ahora apuesta por un cine teóricamente infantil pero sólo atrae a su parroquia intelectual (?) de siempre, que abarrota las mini salas de la Plaza de los Cubos. La adaptación del libro ilustrado de Maurice Sendak es una lisérgica locura, protagonizada por un niño desquiciado de esos que no quieres que te toque al lado en un avión y por unos monstruos que son unas versiones grotescas de Espinete y Don Pimpón.
Supuesto alegato de la rebeldía infantil (aunque su final parezca sugerir precisamente lo contrario) y parábola sobre las dificultades de ejercer el liderazgo, el resultado es una desconcertante sucesión de escenas que dejan estupefacto (ese paseo por el desierto en una isla tropical en el que aparece un perro gigante) que nos sugiere que o bien esta película ha sido parida en una noche de excesos drogadictos o que estamos ante la mayor tomadura de pelo del año.




