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domingo, 9 de octubre de 2011

El árbol de la vida

La Palma de Oro en Cannes llegó casi por aclamación para Terrence Malick, que con sólo 5 películas es adorado por la crítica pese a que al público no parezcan gustarle tanto sus propuestas.

El caso mas sonado es éste. Estrenada en multicines y con un cartel que explota al máximo el reclamo de Brad Pitt, atrajo a pokeros y juanis de extrarradio que salen huyendo a la media hora espantados ante las esteticistas imágenes y la sospecha de tener que realizar algún tipo de esfuerzo intelectual. Inmediatamente ponen a caldo el filme en su Facebook.

Y es que Malick nunca lo ha puesto fácil. Si en sus inicios Días del cielo y Malas tierras fueron carne de sala alternativa pese a tener líneas narrativas más o menos convencionales, el regreso tras muchos años de retiro fue La delgada línea roja, alegato antibelicista con toques de anuncio de Timotei (esos columpios y melenas al viento…), que provocó bostezos por doquier entre los no avisados.

Ahora, la reflexión filosófica sobre de dónde venimos y adónde vamos adopta un tono decididamente ambicioso, de obra cumbre, de película total. Media hora para contar cómo nació el mundo y la vida, dos hora para contar por qué Sean Penn tiene un trauma infantil. Nadie puede exigirle prisas a quién decide que cada imagen sea una cuidada lección de cine, que cada gesto nos lleve a una sensación de nuestra vida, que ese padre autoritario nos asuste y le odiemos casi tanto como su hijo, que percibamos suave pero implacablemente cómo la ingenuidad y felicidad de la infancia se tornan poco a poco en el descubrimiento de las miserias humanas, las envidias, la frustración, la infelicidad.

Porque si lo que quieres es droga dura para las neuronas, una aventura tonta o una acción desmadrada no debes ver El árbol de la vida. Sólo si te interesa el cine con mayúsculas, el de gran ambición y grandes resultados, el de imágenes bellísimas, el que busca provocar sensaciones y remover el interior, sólo entonces disfrutaras plenamente de ella. Y eso a pesar de esa playa new age del final…

jueves, 2 de junio de 2011

Medianoche en París

Ya es tradición que en España se escriba que la última película de Woody Allen es muy buena frente a la mediocridad de su reciente filmografía. El problema es que eso también se dijo de la anterior. ¿Tal vez porque Jaume Roures es productor de sus últimos títulos?

Con Allen vivimos el día de la marmota. No sólo porque sus películas se parecen mucho las unas a las otras sino porque siempre leemos las mismas críticas y porque se repiten los llenos absolutos en la Plaza de los Cubos (los gafapastas son incondicionales). ¿Hay para tanto?
El problema de Woody está en su repetición temática, en su continuo mirarse el ombligo. En su día esto fue novedoso y fresco pero, 40 años después, aburre. En Medianoche en París su protagonista es un Owen Wilson (por cierto ¿qué le pasa en la nariz?) que imita al director y que interpreta a un guionista brillante, inseguro, que vive a todo trapo, tiene novia rica, se mueve en París en Mercedes, vive en un hotel de cinco estrellas y lleva en el bolsillo muchos billetes de 100€. En un momento dado, retrocede a los años 20 pero no para visitar chabolas ni los arrabales y miseria de la capital francesa, sino para codearse en fiestas de lujo con Scott Fitzgerald y Picasso.

Entretanto, varios diálogos ingeniosos, alguna idea interesante, un reparto de relumbrón, Carla Bruni poniendo caritas y muchas postales bonitas de París (el comienzo es un sonrojante spot turístico). ¿Hay para tanto?. Definitivamente no, pero vista la cartelera, tomada por piratas cutres y superhéroes hormonados, es de lo poco potable para ver ahora mismo.

lunes, 9 de mayo de 2011

Tokio Blues

Haruki Murakami es un escritor de culto, superventas y fan de Isabel Coixet (y ella fan de él). Todo esto es imprescindible que lo sepa quien quiera aproximarse a su universo. Si odias a Coixet probablemente no deberías leerle. Tampoco es apropiado en estados de fuerte depresión, ya que tal vez te empuje al suicidio.

Sus libros enganchan, están bien escritos y se parecen unos a otros en sus personajes solitarios que se conocen en circunstancias difíciles y entablan conversaciones casi de confesionario. El tiempo dirá si su obra perdura o si simplemente ha sabido dar en el clavo de las preocupaciones de una generación determinada.

Ahora llega la primera adaptación al cine y curiosamente no la ha realizado un japonés sino un vietnamita afincado en Francia (los gabachos han visto claro el business de sus millones de fans). Es Tran Anh Hung, cuyo Olor de la papaya verde nos descubrió en los 90 que el cine contemplativo no era patrimonio exclusivo de Irán.


La traslación de Norwegian Wood (el título lo cambió en España el editor por Tokio Blues) resuelve con la voz en off algunos pasajes, mientras opta por un fuerte lenguaje visual especialmente en la segunda parte. Las imágenes son muy hermosas, pero la morosidad en la narración (casi se tarda más en ver la película que en leer el libro) es un lastre casi insalvable para los no aficionados a la observación de naturalezas muertas.


Por lo demás, Murakami en estado puro: Mucho sexo y mucha depresión. Mejor llevarse el Prozac para tomarlo de postre.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Chloe

Atom Egoyan marcó en los 90 a los habituales de las salas en VO. El Liquidador y, sobre todo, Exótica y El Dulce Porvenir están entre lo mejor que se estrenó en esos años. En una televisión que no se parecía en nada a la actual programaron un ciclo de sus primeras películas y de madrugada nos quedamos boquiabiertos descubriendo rarezas como Cintas Cambiadas.

Relaciones familiares morbosas, siniestras, incomprensibles, voyeurismo, el VHS como defectuoso narrador, Canadá como escenario extraterrestre. Todo esto marcaba las obsesiones del director por entonces, recuperadas ahora en Chole.
Una pareja de alto estanding, de esas que en España enseñan su casa en La Sexta, comienza a tambalearse ante las sospechas de la ginecóloga esposa (Julianne Moore) de que su inteligente y profesor marido (Liam Neeson) la está engañando. Entra en juego una puta también de alto estanding, de esas que en España salen en los programas de Tele 5, que complicará y mucho la plácida y rica existencia del matrimonio y de su sensible, egoísta y ligón hijo.

El ambiente malsano y amenazador marca de Egoyan brilla como nunca gracias a los medios con los que ha contado esta vez, aunque el guión sea mucho más convencional y previsible de lo habitual. Pese a todo, reconforta reencontrarse con un cine diferente e inquietante, y comprobar de nuevo que los ricos también lloran (¿?)

lunes, 22 de noviembre de 2010

La Red Social

Lo primero que sorprende de La Red Social es que haya tenido éxito en la taquilla. Es verdad que la recaudación no ha sido muy abultada en la España de Belén Esteban, pero sí en EEUU. El relato es relativamente complicado, la narración sobre el nacimiento de Facebook no ahorra en detalles, los puntos de vista se multiplican y acaba convirtiéndose en una película de juicios sin juicios.

Lo segundo que sorprende es que David Fincher se refugie en un estilo más o menos clásico (aunque no puede evitar “finchear” en la escena de la regata o en la cena en el restaurante japonés, con una puesta en escena decididamente barroca, excesiva, retorcida) y en un guión de Aaron Sorkin (creador de El Ala Oeste de la Casa Blanca, quizá lo más opuesto que se puede encontrar a Seven o a El club de la lucha) para poner a caldo al creador de Facebook.

Y quizá lo más sorprendente de todo es que este retrato amargo, cruel e incluso despiadado sirva para colocar a Mark Zuckerberg en el olimpo de los ídolos de frikis y no frikis, de estudiantes de informática y de empresariales, sedientos de dinero rápido y de ese éxito reluciente que tan bien muestra Fincher.

Las dos horas y media de La Red Social ansían hacer un retrato redondo sobre los mecanismos de poder de nuestro tiempo, sobre los nuevos modelos sociales y sobre cómo al burro (emocional) le puede sonar la flauta por casualidad. Superado un inicio algo aburrido, Fincher remonta el vuelo y consigue apasionar.

Lo más paradójico es que con una crítica tan severa y tan bien construida, el personaje negativo, con fracaso vital incluido ya sea un modelo social. Facebook ahora es el tercer país más poblado del mundo, pero probablemente alguien en alguna universidad ya esté creando su Némesis. Y seguro, seguro, le habrá encantado esta película y admirará a Zuckerberg…

miércoles, 20 de octubre de 2010

Wall Street 2

En los años 80 Gordon Gekko acabó convirtiéndose en un icono de la época. Oliver Stone lo planteaba como un personaje negativo pero lo rodeaba de glamour, sexo y lujo, y pasó a ser un modelo a imitar para los yuppies. Algo así ya había sucedido con malos y malas de diferentes culebrones televisivos como Dallas, Dinastía o Falcon Crest, sobre el papel villanos pero lo bastante atractivos como para convertirse en referentes sociales.

20 años después vuelve el personaje aparentemente redimido para ilustrar las tesis de Stone sobre la crisis económica que sufrimos. No ha gustado a la derecha (que se ve demasiado reflejada en algunos personajes grotescos) ni a la izquierda que le vuelve a reprochar el poder de seducción con el que reviste los ambientes corruptos. El mejor elogio para la película es este, incomodar a unos y a otros.
Con una excepcional dirección artística y evidente dominio de la cámara y la ironía, el director nos introduce en el ojo del huracán financiero para mostrar la sinrazón de decisiones que se toman casi a través de máquinas y las devastadoras consecuencias que éstas han tenido y que seguramente volverán a tener. Porque si algo queda claro es que esta crisis no ha servido más que para reforzar a los que la provocaron que incluso han sacado tajada a través de ayudas gubernamentales.

Lo mejor, esa fiesta benéfica con baile incluido, toda una caricatura gigantesca de una absurda feria de vanidades. Y lo peor, un reparto con evidentes agujeros, especialmente unos poco creíbles Shia Labeouf y Carey Mulligan, demasiado corderos para enfrentarse a los lobos Douglas y Brolin.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Estrella Brillante (Bright Star)

Con El Piano, Jane Campion no sólo consiguió un puñado de Oscars, la Palma de Oro en Cannes y el reconocimiento de medio mundo (el otro medio odió las piruetas de la ahora enamorada de un vampiro Anna Paquin y la música de Michael Nyman). Consiguió además transportarnos a muchos a aquel recóndito paraje junto a una excepcional Holly Hunter y que nos sintiésemos parte de aquella desgraciada historia.

Lo que vino después defraudó todas las expectativas (especialmente el horror de En carne viva, con una Meg Ryan en pleno postoperatorio de su terrorífica reforma facial).


Ahora Campion vuelve al cine de otra época para contarnos la desgraciada vida y amores del poeta John Keats. De nuevo nos engancha aunque no le podemos perdonar tres errores garrafales:

  • La sobrecarga de cursilería, contenida a veces, pero que estalla en unos títulos de crédito finales realmente insoportables por esa música de fondo que acompaña al poema que cierra la película.
  • El guión se pone al servicio de la puesta en escena, con relamidos planos, excesos artísticos y metafóricos que saturan (las cortinas volando y haciendo penetrar el aire bajo el camisón de la protagonista)
  • No sabemos nada de los secundarios, que tanto juego dan siempre. Son como floreros o manteles, parte de la decoración.

Una lástima, porque el poderío narrativo de la directora es evidente, pero esta vez ni nos emociona ni nos deslumbra, y nos decepciona por el brillo que adivinamos, pero que nunca se muestra en todo su esplendor.

domingo, 15 de agosto de 2010

Origen (Inception)

Tras un inexplicable despliegue de energía para volver a la cansina historia de Batman, Christopher Nolan regresa al terreno más interesante de su filmografía. Si Insomnio y El truco final fueron intentos en parte fallidos por recuperar un estilo y una personalidad que dejaron a medio mundo boquiabierto con Memento, ahora, Origen se convierte en su mejor película desde aquella historia contada al revés, una inalcanzable obra maestra que gana enteros con el tiempo.

El talento como narrador de Nolan es abrumador. Su virtuosismo técnico también. En El Caballero Oscuro saturaba e irritaba. Aquí pese al ruido atronador deslumbra su capacidad para manejar una sensacional historia sobre el papel tremendamente compleja y hacerla accesible. Con referencias que van desde Matrix hasta Kubrick, la descripción del mundo de los sueños, su influencia en nuestras emociones y la aterradora posibilidad de manipularlos se disfraza de gran espectáculo de acción. El montaje, la música, los actores, los escenarios, los efectos especiales, esos paisajes oníricos, ese impresionante tour de force mientras la furgoneta cae durante nada menos que 45 minutos… Todo encaja en un gigantesco puzzle que parece tener millones de piezas. Ese puzzle sólo podía completarlo un director privilegiado. Y sólo un director privilegiado podía hacérselo entender a públicos masivos.Origen se sitúa desde ya entre lo mejor de la ciencia ficción de todos los tiempos y está llamada a tener decenas de imitaciones. Imprescindible.

viernes, 30 de julio de 2010

Villa Amalia

El último cine francés tiene fama de ladrillo, en muchos casos con fundamento, pero como cualquier generalización puede ser injusta. Villa Amalia recoge lo mejor y lo peor del país vecino: Temas diferentes, atractivos, que por supuesto nunca Hollywood (ni el cine español) abordará, pero con una forma narrativa morosa, a veces crispante.
Isabelle Huppert es de nuevo pianista aunque, a diferencia de la película de Michael Haneke en la que también lo era y encontraba placer sexual en cortarse la vagina con una cuchilla de afeitar, aquí decide plantar a su infiel marido y dejarlo todo para huir lejos del mundanal ruido. La actriz francesa clava como nadie estos papeles de tía borde.

Nos da mucha envidia verla en playas desiertas de la Bretaña o con vistas espectaculares desde una recóndita villa italiana mientras en España cuesta encontrar hueco para la sombrilla. Y tal vez también nos dé envidia ver cómo se escapa para iniciar una vida quizá más solitaria pero seguro que más feliz. Lástima que no tengamos pianos por los que nos paguen un pastón en efectivo como a ella.

En pleno verano tenemos más tiempo y más paciencia para disfrutar del cine contemplativo, pero a ratos apasionante, que nos ofrece Benoît Jacquot. Habrá quién lo encuentre irritante, pero hay veces en las que merece la pena hacer un pequeño esfuerzo para alejarse de todo, aunque sea sólo viendo una película.

lunes, 28 de junio de 2010

Yo soy el amor (Io sonno l'amore)


Algunos han hablado hasta de El Gatopardo al escribir sobre lo último de Luca Guadagnino. Sorprendía porque su currículo no es nada brillante (lo último, la adaptación del libro-escándalo Melissa P), pero tras ver la película directamente las comparaciones ofenden.

El retrato de una rica familia milanesa comienza con atención a detalles como la mantelería o los cubiertos de la cena. Luego descubrimos que la supuesta crítica social llega a través de la reprimida protagonista, asfixiada en su vida contemplativa de las vajillas, que se lanza al folleteo loco con un barbudo que pasaba por allí.
Pretendidamente preciosista, ambiciosa en sus referentes (incluso parece apuntar hacia Madame Bovary), Yo soy el amor acaba cayendo en el más espantoso de los ridículos y en un amaneramiento formal que provoca carcajadas: Desde la persecución por San Remo y el orgasmo campestre en el que los protagonistas son los insectos (!) hasta ese tremendo final con un entierro en el que se desata una tormenta que hace llorar a las estatuas (?) mientras una paloma vuela en el interior del mausoleo.

La música, lo forzado de la puesta en escena, la sobreactuada Tilda Swinton… Todo parece indicar que el director se cree un gran artista que maneja una historia trascendente cuando el resultado sólo consigue sonrojar. Nos queda, eso sí, el divertimento de ver cómo la cirugía ha convertido a la sexagenaria Marisa Berenson (foto inferior a la izquierda) casi en gemela de la últimamente de moda Vera Farmiga (Up in the air, foto inferior derecha).

lunes, 7 de junio de 2010

Kick-Ass

El cine de superhéroes parece inagotable. Cuando las adaptaciones y readaptaciones de Spiderman, Superman o Batman se repiten hasta el aburrimiento y el agotamiento absoluto de personajes quemados y achicharrados por historias vistas una y mil veces, surgen películas y cómics como Kick-.Ass, que pretenden renovar el género con algunas ideas supuestamente geniales:

1. Naturalismo: Realmente el superhéroe es una persona normal, todo puede tener una explicación verosímil e incluso los poderes un origen coherente. Christopher Nolan hacía esfuerzos ridículos por contar las aventuras tibetanas de Batman, que supuestamente aportaban lógica a lo que nunca podrá tenerla. Algo parecido sucede con Kick-Ass, en la que un palurdo de instituto aspira a salvar el mundo.

2. Internet: Por obra y gracia de las redes sociales y de Youtube, cualquier indocumentado puede alcanzar fama mundial. Esto probablemente sucederá en un futuro inmediato, aunque Kick Ass lo lleva a niveles decididamente exagerados pero por los que seguramente suspiran los fans del ídolo de masas John Cobra.

3. Violencia extrema: Los límites no existen. La moral tampoco. La venganza como valor absoluto, aunque ello implique ver a una niña de 10 años dando navajazos y convertida en estrella de la (sangrienta) función.



El director Matthew Vaughn, que no tiene abuela, dice que esto es el Pulp Fiction de los superhéroes. Nada más lejos de la realidad de un guión chusco y previsible (eso sí, barnizado con ruido y cierta brillantez visual) que sin embargo apasiona a muchos fans del cómic. Que ellos lo disfruten porque en breve llegará la segunda parte de Kick Ass y la cuarta (¡!!!) de X Men todas por obra del tal Vaughn. Conmigo que no cuenten.

domingo, 31 de enero de 2010

Un tipo serio


A los hermanos Coen les gusta desconcertar, o sólo así se puede explicar su pasión por dar giros de 180 grados de película en película. Tras un inicio prometedor con ecos del mejor cine negro (Sangre Fácil) se pasaron a la comedia desconcertante y surrealista (Arizona Baby). Después de filmar dos obras maestras (Muerte entre las flores y Barton Fink) nos dejaron de piedra con una rareza como El gran salto. Dieron en la diana con Fargo, pero posteriormente estuvieron años rodando todo tipo de irregulares divertimentos, desde una adaptación de Homero (O Brother!) hasta un infumable vehículo para el lucimiento de Clooney y Zeta Jones (Crueldad Intolerable).

Tras el Oscar por No es país para viejos y después de la comedieta con estrellas (Quemar después de leer) su nueva propuesta es Un tipo serio. Da la impresión de que, otra vez, quieren desconcertar. Con un reparto desconocido (según ellos no hubo dinero para más, increíble tras conseguir el premio gordo de la industria), la historia de un profesor judío está contada con una parsimonia que se diría provocadora. Con tintes kafkianos y supuesta autocrítica (?) a la sociedad judía a la que pertenecen, la hora y media de metraje pesa como una losa entre desconcertantes giros que nos hacen dudar sobre qué narices nos quieren contar esta vez.

Hay quiénes dicen que los Coen son un fraude sobrevalorado. No lo comparto, pero he de reconocer que cuando quieren provocar pueden ser exasperantes. Con lo bien que les salen las películas con narraciones clásicas y argumentos sólidos, da rabia que nos torturen con marcianadas como ésta.

viernes, 8 de enero de 2010

Donde viven los monstruos


Spike Jonze es el prototipo del director cool. Perteneciente a la alta intelectualidad neoyorkina, fue pareja nada menos que de Sophia Coppola (otra mega cool) y hace cuchipandi con otros supuestos genios como Michel Goldry o Charlie Kaufman. Todas sus películas (las suyas y las de la cuchipandi) han sido saludadas por los más “puestos” como grandes y rupturistas obras maestras aunque en general aburren al resto de la humanidad.

Es cierto que Cómo ser John Malkovich en su primera mitad sorprendía e incluso provocaba cierta fascinación. Pero luego llegó Adaptación (El ladrón de orquídeas) y los bostezos en la salas desencajaron mandíbulas.

Ahora apuesta por un cine teóricamente infantil pero sólo atrae a su parroquia intelectual (?) de siempre, que abarrota las mini salas de la Plaza de los Cubos. La adaptación del libro ilustrado de Maurice Sendak es una lisérgica locura, protagonizada por un niño desquiciado de esos que no quieres que te toque al lado en un avión y por unos monstruos que son unas versiones grotescas de Espinete y Don Pimpón.

Supuesto alegato de la rebeldía infantil (aunque su final parezca sugerir precisamente lo contrario) y parábola sobre las dificultades de ejercer el liderazgo, el resultado es una desconcertante sucesión de escenas que dejan estupefacto (ese paseo por el desierto en una isla tropical en el que aparece un perro gigante) que nos sugiere que o bien esta película ha sido parida en una noche de excesos drogadictos o que estamos ante la mayor tomadura de pelo del año.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

Mi vecino Totoro


Hayao Miyazaki es un nombre mítico de la animación mundial. Aunque algunos nunca perdonaremos la pornografía sentimental de Heidi (http://www.youtube.com/watch?v=F9J3ZIiaSR8), sus logros posteriores son indiscutibles y también indiscutible es la adoración sin límite que le profesan la mayoría de los críticos.

En este caso nos enfrentamos a una paradoja, aún más heavy que la que generan las películas de Pixar. Miyazaki hace sus películas para los niños, pero en España se estrenan en la Plaza de los Cubos y sólo van a verlas treintañeros culturetas. Sus argumentos no son en absoluto adultos, se trata de historias ingenuas, tiernas… Pero ganan premios en los festivales de Berlín y Venecia codeándose en el palmarés con Lars Von Trier o Chan-wook Park.

Mi vecino Totoro (1988, aunque se estrene aquí 20 años después) es la película que le proporcionó su primer gran éxito artístico y que fue todo un bombazo en Japón (allí, sí, también entre los más pequeños). Con una historia desarmantemente ingenua y unos personajes inolvidables (desde Totoro al Gatobús), Miyazaki consigue emocionar. Posteriormente sus argumentos se han retorcido y sofisticado hasta hacerse algo incomprensibles para los occidentales que vemos la cultura japonesa como de otro planeta (La Princesa Mononoke, El Viaje de Chihiro), pero nadie discute que Miyazaki es un genio… Nadie, excepto los niños españoles que prefieren descargarse Crepúsculo por e-mule.

sábado, 7 de noviembre de 2009

Ágora


Más de 16 millones de euros lleva recaudados la última película de Amenábar. Se trata de un triunfo apoteósico del marketing (otro más) de la que fue nuestra “pantalla amiga”, Tele 5. El máximo exponente de la telemierda ha producido a través de Telecinco Cinema la mayoría de los taquillazos españoles de los últimos tiempos, desde El orfanato a Alatriste.

Sorprenden las salas repletas de habituales de “Sálvame de Luxe” al parecer ávidos por conocer la historia de Hypatia de Alejandría. Colas kilométricas, llenos semanales como hacía tiempo no se veían… Debemos felicitar a los que han vendido Ágora como lo que no es y que además han conseguido que sea comprada masivamente incluso por audiencias que últimamente lo más parecido al cine que han visto es “Sin tetas no hay paraíso”

Ágora ha intentado en su promoción hacerse pasar por Troya o por 300, como un gran espectáculo. El problema es que las ambiciones de Amenábar van más allá. Quiere hacer una película comercial, pero sobre todo dar una lección moral. Quiere divertir, pero también hablar de astronomía. Y el resultado final son dos horas insufribles de peplum telefilmesco mezclado con lecciones científicas que parecen impartidas por el profesor Coco en Barrio Sésamo.

Un reparto descompensando (todo el presupuesto se ha gastado en Rachel Weisz, sus pétreos acompañantes parecen sacados de un casting de chaperos) y la tendencia al maniqueísmo del director (esos cristianos terroríficos y unidimensionales) frustran su intenciones de hacer una gran película sobre un gran tema. Amenábar puede ser un buen director de género (Tesis, Los Otros) pero le quedan grandes proyectos como estos. Su éxito no es más que el triunfo de la mediocridad, tan habitual por estos lares, y que tan bien ha sido explicado por Jordi Costa en su cómic “Mis problemas con Amenábar” http://www.elpais.com/articulo/portada/bestia/negra/Amenabar/elppor/20091009elptenpor_3/Tes
http://www.comicdigital.com/1601_1-Avance_de_Mis_Problemas_con_Amenabar.html

martes, 20 de octubre de 2009

Luna (Moon)


El hijo de David Bowie ha decidido ser director y, claro, para él es un hándicap, no lo ha tenido nada fácil, las comparaciones son odiosas y bla bla bla. Como no podía ser de otra manera, su peli quiere ser muy cool igual que él y su padre y el distribuidor no traduce el título y lo deja en inglés que queda mejor y más vendible para el público de la Plaza de los Cubos.

Luna (o Moon, para quién prefiera la lengua del Imperio) pretende volver a la ciencia ficción de los 70, que era más intelectual, más reflexiva, o eso dice Dunca Jones (el hijo de papá). Y en parte consigue recuperar ese aroma inquietante que se respiraba en La Fuga de Logan o Engendro Mecánico, por recordar dos títulos clásicos de la época. La trama sugiere durante algún tiempo y luego se centra en un juego de paradojas envuelto en un contexto que quiere ser asfixiante y claustrofóbico pero que deja demasiados grietas para que respire el espectador, lo que frustra en parte sus objetivos.

Duncan Bowie (perdón, Jones) consiguió un montón de premios en el Festival de Sitges, lo que dice mucho de su marketing o muy poco del resto de películas a concurso. Es adecuada para una tarde aburrida y satisfará a los fanáticos del género más enrevesados. A los demás nos deja algo fríos, porque lo que aspiraba a parecerse a Solaris, acaba siendo como un capítulo entretenido de Dimensión Desconocida. Aunque, viendo lo que ofrece la cartelera, eso tampoco está mal.

martes, 13 de octubre de 2009

Si la cosa funciona


Woody Allen vuelve en otoño a su cita anual con la legión de fans que, al menos en España y en los cines de V.O., acuden en masa impacientes por paladear su nueva ocurrencia. Claro que últimamente Allen ofrece pocas cosas nuevas.

Hacer una película al año implica el riesgo de no tener nada que contar, y más cuando siempre acudes a tus propias historias y a guiones que adaptan tu propia vida. En este caso, la sensación de “ya visto” es abrumadora. La relación entre el protagonista y su joven amiga remite directamente a Poderosa Afrodita y a la constante obsesión del director por las relaciones con mucha diferencia de edad (por ejemplo, la suya con Soon-Yi). La madre (estupenda Patricia Clarkson) se reinventa a sí misma sin poder ocultar sus auténticos orígenes como hacían los personajes de Granujas de Medio Pelo. Y todo con la machacona musiquilla anticuada de gramófono marca de la casa que a mí últimamente me pone los nervios de punta.

Al final y desde hace varias películas, se tiene la sensación de que Allen se dedica a hacer rutinariamente su trabajo como si fuese un funcionario para alimentar las muchas bocas a su cargo, a escribir guiones que, conociendo su talento y sus obras mayores, no le deben llevar más allá de una tarde y, si surge, a darse garbeos de lujo muy bien pagados en plan vacaciones encubiertas (véase Vicky Cristina Barcelona o su periplo londinense).

Si la cosa funciona no es, ni de lejos, el regreso añorado a Nueva York. El protagonista es auténticamente antipático e insoportable, la historia no tiene apenas gracia, y está rodada con la desgana de quién está deseando volver a casa a bañar a los niños. Seguiremos esperando a que la flauta suene de nuevo (desde Match Point no lo hace) aunque sea por casualidad.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Anticristo


En el último festival de Cannes esta película generó una gran polémica por lo supuestamente provocador de su propuesta y consiguió el premio a la mejor actriz para su protagonista, Charlotte Gainsbourg. Realmente Lars Von Trier aspiaraba a llevarse la Palma (al más bestia) ya que se considera el mejor director de la actualidad.

Lamentablemente Von Trier no juega a fondo sus cartas y se queda a medias en todo: Quiere hacer una película de terror pero sólo en la parte final consigue realmente inquietar; quiere ser muy gore y extremo pero las dos escenas más repugnantes (en una incluso remite al famoso corte del ojo de Buñuel) están como un pegote; quiere ser Bergman, psicoanalizar los abismos de la locura y atacar virulentamente las técnicas psiquiátricas y lo más que consigue es aburrir y saturar con la histeria de la protagonista.

Sabemos que el director está gravemente enfermo del coco (así lo reconoce él mismo) y eso se nota cada vez más en sus películas. El desbarre mental a veces provoca obras maestras y Von Trier ya lo demostró anteriormente (Bailar en la oscuridad, Rompiendo las olas, Los idiotas) pero en este caso nos hace añorar la fuerza narrativa y el desasosiego de El Resplandor (de la que Anticristo es deudora en su argumento) y lamentar que el poderío visual (ese arranque tremebundo, las escenas que remiten a El Bosco) no se haya visto acompañado por mayor coherencia en el guión y por una historia rompedora y radical, pero de verdad, reivindicando el terror como el gran género que es, no escondiéndolo en una sesión de terapia barata.