La Palma de Oro en Cannes llegó casi por aclamación para Terrence Malick, que con sólo 5 películas es adorado por la crítica pese a que al público no parezcan gustarle tanto sus propuestas.
El caso mas sonado es éste. Estrenada en multicines y con un cartel que explota al máximo el reclamo de Brad Pitt, atrajo a pokeros y juanis de extrarradio que salen huyendo a la media hora espantados ante las esteticistas imágenes y la sospecha de tener que realizar algún tipo de esfuerzo intelectual. Inmediatamente ponen a caldo el filme en su Facebook.
Y es que Malick nunca lo ha puesto fácil. Si en sus inicios Días del cielo y Malas tierras fueron carne de sala alternativa pese a tener líneas narrativas más o menos convencionales, el regreso tras muchos años de retiro fue La delgada línea roja, alegato antibelicista con toques de anuncio de Timotei (esos columpios y melenas al viento…), que provocó bostezos por doquier entre los no avisados.
Ahora, la reflexión filosófica sobre de dónde venimos y adónde vamos adopta un tono decididamente ambicioso, de obra cumbre, de película total. Media hora para contar cómo nació el mundo y la vida, dos hora para contar por qué Sean Penn tiene un trauma infantil. Nadie puede exigirle prisas a quién decide que cada imagen sea una cuidada lección de cine, que cada gesto nos lleve a una sensación de nuestra vida, que ese padre autoritario nos asuste y le odiemos casi tanto como su hijo, que percibamos suave pero implacablemente cómo la ingenuidad y felicidad de la infancia se tornan poco a poco en el descubrimiento de las miserias humanas, las envidias, la frustración, la infelicidad.
Porque si lo que quieres es droga dura para las neuronas, una aventura tonta o una acción desmadrada no debes ver El árbol de la vida. Sólo si te interesa el cine con mayúsculas, el de gran ambición y grandes resultados, el de imágenes bellísimas, el que busca provocar sensaciones y remover el interior, sólo entonces disfrutaras plenamente de ella. Y eso a pesar de esa playa new age del final…














Pretendidamente preciosista, ambiciosa en sus referentes (incluso parece apuntar hacia Madame Bovary), Yo soy el amor acaba cayendo en el más espantoso de los ridículos y en un amaneramiento formal que provoca carcajadas: Desde la persecución por San Remo y el orgasmo campestre en el que los protagonistas son los insectos (!) hasta ese tremendo final con un entierro en el que se desata una tormenta que hace llorar a las estatuas (?) mientras una paloma vuela en el interior del mausoleo.







